25 de agosto de 2009

El cura Gatica

Todos nos mordemos la lengua de vez en cuando. Y he aquí el ejemplo perfecto.

Más de alguna vez me han escuchado despotricar en contra del estilo princesitaniñitabien. Que es fome, que es anticuado, que no es cool, que pitos y flautas.

Pues bien, el fin de semana fui al Apumanque en busca de géneros para la ya anunciada temporada estival (con el gentil auspicio de mamá y papá), con la idea de comprar algo bien colorido y alegre. Ya que el Apumanque está bien lejos de ser el lugar para ir a comprar géneros, no había mucho para elegir, pero logré dar con unos algodones elasticados bien chillones que eran exactamente lo que buscaba. Y estaba a punto de darme por satisfecha cuando veo unas letras grandes de OFERTA que apuntaban a un poli/rayon que cualquier otro día habría pasado por alto. Pero algo me dijo que no, que lo mirara y lo considerara. Lo hice y, en un acto de locura, lo compré. Uno rosado claro y uno verde ídem.

De vuelta en la casa y con algo de cargo de conciencia, me dediqué a buscar algún molde apropiado. No me costó mucho encontrar el epítome del vestido domingoderesurrecciónprimeracomunión, y en mi segundo acto de locura del día, también lo compré.

Después de eso no me quedaba otra que fabricar tan insólita prenda (insólita para mis estándares, claro está). Y así, en mi tercer y último acto de locura del día, lo cosí. Debo admitir que este último episodio de delirio tardó dos días y medio. Y aguanté de lo más bien.

No voy a negarlo. El vestido me encantó. Tiene una caída preciosa (¡horror! jamás creí que alguna vez usaría esa expresión) y me hizo dar saltitos de alegría cuando lo terminé.

Para mi tranquilidad, el próximo proyecto que tengo en mente es una polera de tiritas medio playera y bien informal. He vuelto a ser la de antes.

Y no, no hay fotos del proceso. El estado de trance por el que pasé me impidió pensar siquiera en tomar la cámara para registrarlo.

22 de agosto de 2009

Halter


La vida de una funda de almohada puede llegar a ser muy interesante. Pero hay una funda en particular cuya vida dio un giro inesperado y terminó siendo algo que pocas sueñan ser.

Esta semana decidí cerrar la temporada de costura otoño-invierno y empezar con las falditas/poleritas/vestiditos veraniegos. Mucho más entretenido y mucho menos género. Y como a la Fran le gusta cualquier prenda que se vea "adulta", dicidí comenzar con una polera cuello halter (¿alguien sabe cómo se dice eso en castellano sin tener que usar más de cinco palabras?)

Compré un molde McCall's que además de una polera cuello halter incluía un vestido y pescadores desde la talla 7 a la 12. Es que hay que pensar en el futuro y comprar moldes crecedorcitos, quiridi. Y como no tenía ningún género apropiado, recordé que teníamos una funda de almohada que nunca había salido de su envoltorio y que podía alcanzar para la polera.

Tomé las medidas y ¡voilà! Alcanzó perfecto.


Definitivamente lo más difícil fue el cuello. Leí las instrucciones para poner la cinta en el escote en inglés y en castellano, las analicé, las volví a leer y la volví a analizar. Pero no había caso. Nunca había visto algo tan innecesariamente enredado. Las instrucciones eran tan crípticas y la ilustración me dejó tan boquiabierta que opté por seguir mis instintos y ponerla como pondría normalmente una cinta al bies. Bien por mis instintos.


A última hora recordé que no tenía elástico pero, una vez más, Pecky me salvó la vida.


Y así, en menos de un día la Fran ya tenía su primera polera para los próximos días de calor.

9 de agosto de 2009

La chaqueta de pantalón

Siempre me ha llamado la atención que mucha gente se refiere a las chaquetas de mezclilla como "chaquetas de jeans". Como si los jeans fueran algún tipo de género. Pues bien, la Fran va más allá y las llama "chaquetas de pantalón".

Hace un par de semanas encontré una mezclilla bien linda, oscurita, en la tienda de géneros de Providencia con Manuel Montt. Estaba baratísima y al tiro supe que tenía que llevarla para hacerle a la Fran una linda chaqueta de pantalón.

Compré un molde Burda en este sitio y, nuevamente, me dediqué una tarde entera a imprimir, recortar y pegar.


Debo admitir que empecé un poco asustada porque la chaqueta era más complicada que las que había hecho antes (o sea, 16 piezas para una sola chaqueta yo creo que asustan a cualquiera), y porque nunca había trabajado con mezclilla. Pero poco a poco todo fue tomando forma y al final no fue el parto que pensé que sería.


Tal vez lo más complicado fueron las solapas. Nunca había hecho nada con solapas y jamás se me habría ocurrido que para lograrlas era necesario coser tantas piezas y en ángulos tan extraños. Quizás por lo mismo me demoré varios días en coserlas y me leí las instrucciones tantas veces para evitar equivocarme que al final ya podía recitarlas de memoria.


Otra cosa que me tomó tiempo fueron las sobrecosturas. Porque claro, ninguna chaqueta de mezclilla puede ser una digna chaqueta de mezclilla si no lleva sobrecosturas en un color contrastante en todos lados. Y no es que fueran difíciles, pero lograr dos corridas paralelas a lo largo de todo el borde y siguiendo una cantidad de curvas que ya me quisiera yo requiere mucha, pero mucha paciencia. Afortunadamente paciencia me sobra y, modestia aparte, me quedaron picho caluga. La elección del color rosado fue lo más fácil de todo. Es que el rosado nos encanta.


Debo decir que la chaqueta me encantó. Creo que es lo que mejor me ha salido hasta ahora.Y la verdad es que ya me quisiera una para mí. (Nuevamente, mi cámara es la culpable de que los colores no se vean como realmente son. El color real es un azul oscuro, tipo... tipo... tipo azul mezclilla, claro.)

25 de julio de 2009

¡Y olé!

A la Fran le encanta cualquier cosa que esté hecha en un género con lunares. Y yo, casualmente, tengo bastantes de esos géneros en mi colección. Decidí hacerle algún tipo de polera manga larga y encontré un modelo burdo Burda bien lindo aquí. La gracia de esta página es que pagas bien poquito (en este caso, menos de 3 dólares), te mandan el molde por mail y tú lo imprimes en tu casa (o en la de tu mamá si tu impresora no tiene tinta). Además, estos moldes vienen en varios tamaños, así es que tú lo compras una sola vez y lo puedes seguir usando a medida que el niño crece (los niños tienden a hacer eso).


Así es que me pasé un par de horas imprimiendo unas buenas treinta hojas, armándolas como rompecabezas con harto scotch y luego recortando cada pieza. Como estoy con harto trabajo por estos días, un par de horas diarias es lo máximo que me permito para esto. Y así, cosiendo de a ratitos, la polera me tomó cuatro días.


¿A quién no le ha pasado que después de mucho tiempo haciendo algo descubre por casualidad la manera de hacer lo mismo de manera mucho más fácil, y piensa que podría haberse ahorrado tanto tiempo y esfuerzo si lo hubiera descubierto antes? Bueno, no sé por qué, pero yo siempre había tenido problemas con las mangas. Me negaba a creer que la mejor manera de montar una manga era cerrarla primero y después unirla al resto, y por eso siempre lo hacía al revés. Con esta polera me disponía a hacer lo mismo cuando un rayo me iluminó de repente y me di cuenta de la gracia está en la manera en que montas la manga, dándola vuelta y metiéndola dentro de la otra pieza. Así todo encaja perfectamente y puedes coser la bendita manga con los ojos cerrados. Inmediatamente amé al mundo y todo ser vivo que habita en él. Es que el problema de ser autodidacta es que nadie te dice estas cosas y tienes que darte cuenta solito, así, de repente.

Tal vez por lo mismo, lo bueno de coser algo usando un molde hecho por profesionales y que trae instrucciones detalladas es que si haces lo que te dicen, la única posibilidad es que te salga bien. Es que cada cierto tiempo dudas de lo que estás haciendo y te ves con un objeto de género que parece cualquier cosa menos una prenda de ropa, pero luego lees el paso siguiente que dice "delo vuelta y plánchelo", lo haces y ¡tatáaaaaaan!, ante ti aparece una belleza y todo te hace sentido.


A mitad de camino, cuando la polera ya parecía tal, empecé a dudar acerca de la elección del género. Es que en esta polera, las mangas terminan en unos volados medio grandotes, y temí que terminara pareciendo una blusa medio tropicalona. Y cuando la polera ya estaba lista, descubrí que lo que había hecho era en realidad una polera flamenca.


Consulté con el padre de la niña y me aseguró que no tenía nada de flamenca ni tropical. Es tan reconfortante tener a alguien que te diga exactamente lo que quieres escuchar. Habrá que esperar a ver qué opina la niña. Tal vez incluso le guste la idea y decida usarla con unos aros grandes de argolla y el pelo hecho un tomate.

15 de julio de 2009

Sírvase un cotelé

El desafío de la semana era hacerle a la Fran un par de pantalones simplificados al máximo (¿o sería al mínimo?), pero sin que terminaran pareciéndose a la parte de abajo de un pijama.

Elegí usar el cotelé rojo que había comprado hace un tiempo en el centro. Nada más invernal que los pantalones de cotelé, y si consideramos que el invierno como que está queriendo irse (¿o es idea mía?), me pareció apropiado usarlo antes de que sea tarde. Ya, está bien, lo acepto. Simplificar un par de pantalones usando cotelé, que no es la tela más dócil, no tiene mucho sentido. Pero al igual que a Libertad (ídola), a mí me gustan las cosas complicadas simples.

En fin. Fui a Pecky a buscar hilo, elástico, una aguja y botones por si acaso. Por si acaso los botones; el resto lo necesitaba. Paréntesis. Me encanta ir a Pecky y ver cómo todo está dentro de cajas de zapatos o envuelto en plástico y amarrado con un cordel. Me encanta salir de Pecky con mi bolsita en la mano (que nunca es del mismo tipo que la vez anterior) y sin boleta. Cierre de paréntesis.


Quería hacer el pantalón con solo cuatro piezas, pero a mitad de camino decidí ponerle bolsillos traseros (por eso los botones). El tiro es un poco alto, y sentí que necesitaba algo a mitad de camino. Pero como en los pantalones infantiles los bolsillos sirven para almacenar comida, tierra y objetos no aptos para lavadoras, los hice puramente decorativos. Ornamentales. Falsos. Já.


De ahí en adelante todo marchó como avión. La pretina es solo una prolongación de las piernas, así es que ni para eso me tuve que cabecear. Y afortunadamente recordé poner un elástico más corto. La cría es más bien delgadita y el estilo Cantinflas no le sienta.

Y así, en menos de una tarde, el pantalón ya estaba listo. Creo que me demoré más en limpiar las pelusas rojas que en cortar, coser y planchar. Los bolsillos quedaron un poco más arriba de lo que me habría gustado, pero qué más da, si total a su tierna edad la usuaria aun no descubre la técnica de mirarse el trasero en el espejo.



Mi cámara no me quiere. Insiste en mentir sobre colores y texturas. Después de unos veinte intentos (por lo bajo) con distintas luces y posiciones, no pude lograr que las fotos mostraran la verdad sobre el famoso pantalón. Qué se le va a hacer.

3 de julio de 2009

Cuando no estoy cosiendo

Cuando no estoy cosiendo, por lo general estoy pensando en cuál será mi próximo proyecto de costura. La semana pasada, por ejemplo, estuve pensando en los pantalones rojos de cotelé que le quiero hacer a la Fran (y si voy a usar el mismo molde de los pantalones morados que ya tiene, si le voy a poner bolsillos delanteros, si me alcanzará o no el elástico para la cintura que ya tengo, si el hilo rojo que hay en mi costurero será del mismo tono que el género o si voy a tener que aprovisionarme a Pecky).

Durante los últimos días, sin embargo, no he estado cosiendo ni pensando en qué voy a coser, sino que me he dedicado a la confección de otro tipo de ropa, a saber:


Notarán que mi máquina de coser está guardada. Y notarán también (o tal vez no) que el bueno de Eugenio se ha dedicado a enseñarme cómo manejar Illustrator. Es que con el futuro marido estamos preparándonos para abrir nuestra propia tiendita en Etsy con PDFs descargables de todo tipo (más información a futuro).

Y como soy pegada, se me ocurre que mi máquina de coser va a descansar más de lo usual en los próximos días/semanas/meses y que mi computador va a terminar pidiéndome licencia por estrés. Lo más probable es que los pantalones de la Fran se demoren un poco en ver la luz, pero me niego a sentir culpa. A estas alturas su clóset tiene más ropa que el mío y está bien lejos de correr el riesgo de tener que salir a la calle a poto pelao.

Veremos en qué resulta todo esto.

23 de junio de 2009

Trastorno de identidad

Pobrecita. Mi última creación sufre de un grave trastorno de identidad. Fue concebida como un polerón, pero al poco andar se sintió chaqueta. Yo, cual madre que le habla a su vientre, insistía en llamarla polerón, tanto así que terminó por creerme. Pero una vez parida, toda planchadita y ordenadita, la pobre volvió a confundirse. Ya no sabe lo que es y, a decir verdad, yo tampoco.

Todo comenzó con esta belleza de género que compré hace un par de semanas, pensado para un polerón. Ya le había hecho a la Fran dos polerones con el mismo molde y ambos resultaron un éxito rotundo, así es que decidí hacerle un tercero sin grandes modificaciones. Rescaté una de las revistas Burda que me regaló mi tía y comprobé que, a pesar de ser talla 116, el modelo era lo suficientemente grandecito como para durar un año más. Crecedorcito, que le dicen. Es que esta Burda en particular es de fines de los setenta, época en la que -aparentemente- las mamás gustaban de vestir a sus retoños con abundante espacio para la circulación (sanguínea y de presas en general). No voy a tocar el tema del largo de los vestidos de aquellos años, pero claramente se ahorraban unos buenos centímetros de tela. El concepto "mini" se aplicaba indistintamente a veinteañeras y a niñitas de dos o tres años. Freak.

En fin. Tenía yo el género todo cortadito y listo para empezar a coser, cuando se me ocurrió que el polerón podía forrarse por dentro. Tengo la impresión de que el trastorno de identidad comenzó justo ahí. O sea, que levante la mano el que ha visto un poleron forrado. No, ¿cierto? Bueno, decidí cortar el forro igual no más para decidir después si lo usaba o no.

Como siempre, bien a última hora recordé que no tenía un cierre, pero afortunadamente la señora de la cordonería de la esquina (Pecky, de aquí en adelante) me salvó la vida con un cierre separable bien fucsia, tipo chicle. Alabada seas, Pecky.


Hay telas que son una delicia para coser. Uno las pone en la máquina y como que al tiro se hacen amiguis. Una sabe para dónde quiere ir la otra y la sigue hasta el fin del mundo. Pero hay otras telas que, simplemente, son un verdadero culo. En este caso en particular, lanita rosada tipo tweed = culo. Y lanita rosada tipo tweed + bolsillo + cierre (todoenuno) = culo al cubo. Toda patisuelta (¿o debería decir lanisuelta?), la muy perversa. Y bien gruesa. Mi máquina la odió de inmediato y se negó a cooperar. Y si a eso le sumamos mis dedos congelados, el parto fue de proporciones.


En un ataque de masoquismo, decidí ponerle el forro del que había dudado en un comienzo y el gorro que ni siquiera había considerado. También decidí hacer la basta elasticada (a nadie le gusta que el frío se cuele por debajo) y durante toda una tarde fui una costurera víctima de las circunstancias, así, bien sufrida y bien orgullosa.

Pero como en toda tarea difícil, la satisfacción al ver el resultado es siempre mayor. Ahora me dan ganas de tener 7 años y poder usar la prenda esquizoide yo misma.


Es como un chicle hecho ropa.


Para que no quepa duda de quién es la dueña.

16 de junio de 2009

Última adquisición

Hace unos días caminaba por el centro con Eugenio en busca de algún Dominó que nos calmara el hambre (eran casi las 2 y es sabido que antes de la 1 mi estómago ya empieza a gruñir), cuando en plena calle Catedral, en la otra vereda, veo dos vitrinas llenas de género. Era la Casa Olivari.

Cruzamos al frente y en medio segundo se me olvidó por completo que estaba desfalleciendo por un churrasco. Ante mis ojos tenía la variedad más grande que había visto de géneros para ropa. Nada de esos lugares donde solo venden cortinas y tapices y donde terminas comprando algo que en realidad estaba pensado para transformarse en alfombra y no en un par de pantalones.

Eugenio, con su eterna paciencia, me acompañó en las cincuentaytantas vueltas que me di por el lugar buscando algo que llevar. Salir de ahí con las manos vacías nunca fue una opción. Pero ni hablemos de comprar todo lo que me gustaba (o sea, hay que cuidar el presupuesto, quiridi).

Y ahí reviví la envidia que siento cuando veo a esas mujeres que dicen "compré este género hace tiempo porque me encantó y recién ahora se me ocurrió qué hacer con él". Y así llenan cajas y repisas y bolsas y hasta piezas con las telas más lindas en espera de algún proyecto apropiado, y con el tiempo acumulan un dineral que a mí me alcanzaría para pagar todas las cuentas de un año.

Así es que me programé en modo compradora-responsable y terminé eligiendo estas dos preciosuras:


La primera preciosura es un cotelé rojo para unos pantalones de invierno (la Fran como que se está alargando y sus pantalones ya no llegan donde deberían). La segunda es un tejido bien rosado y bien retro, calientito pero que no pica, para un polerón (que nunca está de más). Y todo por menos de cuatro lucas. ¿Quién lo diría?

Nos llevamos los géneros envueltos en papel café y camino al Dominó me fui dando saltitos de felicidad como la cabra chica que soy.

13 de junio de 2009

Konnichiwa

Hace unos meses, mi suegra me regaló un género azul con florcitas y me pareció perfecto para hacerle una blusa a la Fran. Sin embargo, tras la asesoría de su padre (el de la niña, no el de la suegra), me di cuenta de que ella es demasiado cool como para una blusita de niña buena. O sea, ¡por favor!

Ya, perfecto, de acuerdo. A mí tampoco me gustaba la ropa de princesita, y por alguna razón siempre miré en menos a las niñitas que usaban vestidos con vuelos, blusas con flores bordadas y calcetincitos blancos. Yo, con el buzo que me ponía mi mamá y con el que tenía chipe libre para ensuciarme, las veía y pensaba "pobrecitas, su mamá las quiere disfrazar de muñequas y a ellas no les queda otra que agachar el moño y terminar pareciendo una torta con crema". Agrandada yo, por supuesto, si cuando pensaba eso no tenía más de ocho años. En fin.

Tras un poco de análisis decidí reemplazar la blusa tradicional por una blusa tipo kimono, cruzada adelante. Puede no ser lo más cool en su clóset, pero tampoco corre el riesgo de quedarle chica antes de que le den ganas de usarla.


Debo haber buscado durante una tarde entera algún molde de kimono en Internet, pero no encontré nada, así es que decidí adaptar el molde de una polera talla 122 que le había hecho antes. Le alargué las mangas (la polera era de mangas 3/4) e hice los delanteros cruzados. Fácil fácil.

Las amarras y el contorno del escote tenía que hacerlos con cinta al bies. (Me niego a llamarla "sesgo", así a secas, como la llaman en las mismas cordonerías donde la venden. Por alguna razón, no me sentiría cómoda entrando a la tienda y preguntándole a la vendedora si tiene sesgo.) Estuve a punto de entrar en colapso al calcular cuánto sesgo necesitaba (no, si realmente suena mal), digo, cuánta cinta necesitaba, cuando me topé con este tutorial que me salvó la vida. Un retazo bien cagoncito de 30x50 se transformó en más de 3 metros de cinta. Alabados sean los tutoriales. (El tutorial de cómo planchar 3 metros de cinta sin querer tirar la plancha por la ventana no lo encontré.)

Después de eso todo marchó sin contratiempos. El kimono casi se hizo solo.

¡Voilà!

Sí, lo sé, se apreciaría mejor con la niña dentro, especialmente porque el patrón de las florcitas hace que parezca una gran masa azul. Pero (nuevamente, tras una asesoría del padre) he decidido no publicar fotos de ella. A estas alturas, el lobo feroz debe tener Internet y quién sabe qué fotos anda buscando por ahí. Así es que mejor será usar la imaginación.

12 de junio de 2009

Mi mamá me la compró

Me encanta coser. Pero me carga dar la lata. Y por alguna razón, no puedo evitar hablar y hablar y hablar (a quien quiera escucharme y a quien no, también) acerca de todas las cosas que hago. Y de pronto me veo entregando detalles que nadie entiende y que a nadie le interesan: que me costó un mundo hacer un bolsillo, que se me rompió la aguja, que la manga, la basta y la cacha’e la espada.

Afortunadamente, todas esas personas son de lo más decentitas y me escuchan con atención y miran lo que les muestro y emiten todos los sonidos apropiados (”hmmm”, “ajá”, “tssssé”).

Pues bien, de ahora en adelante mi interlocutor será este. Podré explayarme todo lo que quiera y entregar los mismos detalles irrelevantes (porque seamos claros, a fin de cuentas lo que importa es que la ropa cumpla su propósito de vestir y no las peripecias de la costurera). Y de paso, no voy a terminar con sentimientos de culpa por haber aburrido al que tuvo la mala fortuna de toparse conmigo justo cuando yo tenía algo que decir.

Y si alguien quiere participar, comentar o solo mirar, bienvenido sea.