Me encanta coser. Pero me carga dar la lata. Y por alguna razón, no puedo evitar hablar y hablar y hablar (a quien quiera escucharme y a quien no, también) acerca de todas las cosas que hago. Y de pronto me veo entregando detalles que nadie entiende y que a nadie le interesan: que me costó un mundo hacer un bolsillo, que se me rompió la aguja, que la manga, la basta y la cacha’e la espada.Afortunadamente, todas esas personas son de lo más decentitas y me escuchan con atención y miran lo que les muestro y emiten todos los sonidos apropiados (”hmmm”, “ajá”, “tssssé”).
Pues bien, de ahora en adelante mi interlocutor será este. Podré explayarme todo lo que quiera y entregar los mismos detalles irrelevantes (porque seamos claros, a fin de cuentas lo que importa es que la ropa cumpla su propósito de vestir y no las peripecias de la costurera). Y de paso, no voy a terminar con sentimientos de culpa por haber aburrido al que tuvo la mala fortuna de toparse conmigo justo cuando yo tenía algo que decir.
Y si alguien quiere participar, comentar o solo mirar, bienvenido sea.
